¿ Dónde irán las palabras ya dichas y no escritas?. ¿Serán del viento igual que las hojas, como decía El Flaco Spinetta?. ¿Hasta donde vivirán las palabras que recorren el aire?. ¿Las gritadas vivirán más por llegar más lejos?; ¿O las susurradas tendrán más recorrido por economizar sonido?. ¿Morirán para siempre las palabras ya dichas? . ¿Renacerán cada vez que las volvemos a decir?. .
“Hay alguien viviendo acá!!!” le gritó la doña al encargado del cementerio.
El tipo sonrió burlón, y preguntó: ¿Cómo dijo?.
-Que hay alguien viviendo ahí, en una bóveda…. Vaya, mire! hay ropa tendida….- insistió. El hombre caminó por la vereda y se asomó al corredor de las bóvedas familiares. Volaron las palomas. Su aleteo irrumpió la calma habitual de la necrópolis. Con paso dubitativo, el trabajador comenzó a caminar lentamente. Avanzaba como no queriendo llegar a destino.
La doña, había atravesado el portón como hacia siempre dos veces por semana, a primera hora de la mañana. Llevaba el ramo de flores, con hojas verdes en una mano, la cartera en la otra y un paso firme que transmitía alguna inseguridad al andar. Zapatitos negros, tipo mocasines con un pequeño taco y un saquito tejido por sus propias manos . No faltaba nunca al ritual de llevarle las flores. No podía faltar. No se permitía faltar. Se autoimponía su tarea domèstica cumpliendo con el mandato marital, aunque èl ya no estuviera entre nosotros, y no pudiera hacerle notar su falta. Iba con las flores en la mano, cuando vio el cordel tendido entre dos bóvedas s. Una remera, un pantalón y ropa interior masculina, se mecían con la brisa mañera. No quiso saber mas, no se animó a acercarse.. No miró a qué familia pertenecían las sepulturas. Giro sobre sus pies y corrió a dar aviso al encargado. “Alguien vive en el cementerio” pensó sin poder creerlo.
El encargado se acercó a la bóveda de donde colgaba el tendal con la ropa. Dudó. Examinó la puerta de hierro, arrumbada. Se notaba que había sido abierta. Las marcas de la apertura desplazaron el polvo y la suciedad de años. Era evidente: alguien había entrado. O alguien había salido de la bóveda. La doña miraba desde prudente distancia. El hombre ya no tenia intenciones de develar el misterio pero se sintió presionado por la presencia de la mujer. No podía huir, pero quería hacerlo. Giró el picaporte. Debió esforzarse. El chirrido de la puerta al ser arrastrada hacia dentro retumbó en el silencio sepulcral…
- ¿Quién es? que pasa?!!! - se escuchó decir desde dentro. La voz sonaba pastosa, amanecida, inconexa.
- El encargado… ¿Quién anda ahí?.--- respondió retrocediendo un par de pasos.
Se escucharon ruidos. Un quejido. Algún balbuceo indescifrable en tono de protesta. Indicios de que alguien estaba despertando ofuscado. Acomodándose las pilchas, un hombre joven de unos veintitantos o quizás apenas treintañero, abrió la puerta con esfuerzo. Se plantó frente al encargado del cementerio. La doña se paralizó y retrocedió algunos pasos mas. La curiosidad la mantuvo ahí.
El amanecido tenia el pelo desalineado, la ropa arrugada y desprolija, los cordones desatados y el semblante somnoliento. Re
- ¿Qué pasa?... – insistió con cara de pocos amigos.
- ¿Quién es usted, qué hace ahí?..... – interrogó el encargado.
- Estaba durmiendo hasta que me despertaron… ¿Cuél es el problema?.-
- No se puede dormir ahí…. Osea….. ¿Cuanto hace que esta durmiendo ahí?... Usted no está … Osea, no hace mucho que descansa… quiero decir, que duerme…..-
- Estoy vivo, no se asuste… No sé a que hora me acosté… ¿Qué quiere?... –
- Es que no se puede vivir en una bóveda…. La bóveda es para gente ….-
- Muerta!!!... ya sé. Yo estoy vivito y coleando, ¿No me ve?...Y a mis vecinos no los molesto…..- insistió el amanecido con una leve sonrisa.
- ¿Cómo entró ahí?..-
- Con la llave, por la puerta como todo el mundo…-
- Usted es de la familia…. Garci…-
- Garcilazo… - completó el tipo. – Esta bóveda es de mi familia… ¿Necesita algo mas?.-
- No puede dormir acá. No es una casa. Se tiene que ir.- dijo el trabajador impostando autoridad.
- Yo no me voy a ningún lado. Esta casa es de mi familia. Tengo la escritura y todo….Es mas, mi familia hace raatooo que vive aca… je, je…-
- Igual, no se puede quedar. Asusta a la gente, no es una casa.. además no tiene luz, ni agua, ni calefacción. No se puede….-
- Yo estoy re cómodo- interrumpió el hombre. – Y estoy en familia. Me voy a quedar todo el tiempo que quiera. ¡Buen dia!..- dijo y volvió a meterse en la bóveda, cerrando la pesada puerta con violencia.
El encargado miró al doña. La doña miró al encargado.
– ¿Qué va a hacer ahora?, preguntó ella.
– Ni idea… ¿Qué sé yo?.. Nunca vi una cosa así… ¿A quién se le ocurre mudarse a una bóveda estando vivo?..-
El móvil policial llegó al rato. Los policías volvieron a golpear la puerta de la bóveda.
- Salga de ahí…¡Policía!!!!- dijo el agente con voz firme.
Si algún desprevenido hubiera visto la escena resultaba hilarante: un policía dando la voz de alto frente a una bóveda repleta de ataúdes.
El uniformado insistió: - Salga de ahí e indentifíquese, ¡Policía!!!-
Garci lazo volvió a asomarse. Nuevamente preguntó por qué tanto escándalo.
El policía le pidió indentificación. El hombre sacó su billetera y mostró su DNI.
- Gar ci la zo … Darío Esteban, domicilio……… Nacido en…… ¿Usted nació acá?-
- Si…¿Por qué?, ¿Algún problema?....-
- ¿Qué está haciendo acá?...-
- Estaba durmiendo hasta que ustedes me despertaron….-
- No se haga el gracioso…. ¿Por qué estaba viviendo en una bóveda….?.... – dijo el policía subiendo el tono de voz.
- Esta bóveda es mia… Es mi casa y no me voy a ir a ningún lado…-
- No me tome el pelo que lo llevó al calabozo!. Esta no es su casa, las bóvedas son para fallecidos, y usted está muy vivito por lo que parece. Mándese a mudar o lo llevo detenido…-
- Esta bóveda es de mi familia… ¿Ve?- dijo señalando la inscripción en la entrada…
- Acádice clarito: Familia Gar ci la zo.. Mi familia. Osea que como estoy en MI propiedad, ni usted ni nadie me puede sacar…..-
- No me venga con vueltas, no se puede vivir en una bóveda… déjese de embromar!. Raje de acá o lo meto preso…-
- Sin dar tiempo a nada, el tipo cerró la puerta de golpe y se metió dentro-
- Salga de ahí!, ¡Es una orden!!!!...- gritó el policía. Mientras el ruido de cadenas anticipó lo que sucedería. Para cuando los agentes del orden quisieron reaccionar, el tipo había cerrado con cadena y candado. Se había amotinado dentro. Fue imposible abrir la puerta.
- No me voy a ningún lado!!!!.. Tengo la escritura, esta es mi propiedad y de acá no me pueden sacar…- gritó por última vez. Ya no habló mas.
El encargado del cementerio llamó al capataz. El capataz al Intendente y el Intendente al abogado de la Municipalidad. El policía dio aviso al Comisario, quien dio aviso al Juez de Paz y envió refuerzos. Al rato, entre curiosos, empleados municipales, policías, periodistas y deudos ocasionales que visitaban al necrópolis, una pequeña multitud rodeba la bóveda.
– Circulen, circulen!. Acá no hay que ver!!- decían los agentes sin lograr dispersar a la concurrencia,. La doña seguía ahí y ya habla en vivo para una radio FM:- “Yo lo descubrí, me dio un susto que madre mía! . Imagínese descubrir a alguien viviendo en el cementerio... Está loco este tipo, está durmiendo con los muertos….. ¡Pobrecitos, Ave María Purísima¡ !! Ya ni se puede descansar en paz en este pueblo…..”.
-“Se está llenando de forasteros de afuera!.. ¡Que la policía lo saque!!!.. Es una falta de respeto a los finaditos!- agregó un anciano indignado.
El abogado municipal habló con el Juez de Paz. El juez se acercó a la puerta y se identificó. Pidió pruebas de que Garcilazo era Garcilazo y podía acreditar propiedad.
La puerta se entreabrió unos centímetros. Garcilazo dijo que ya había mostrado su DNI y dejó ver un papel que, según aseguró, era la escritura de la bóveda familiar. El juez se apartó para hablar con el abogado muncipal. Ambos hicieron llamadas. La policía intentaba alejar a la concurrencia que se iba acrecentando lenta pero incesantemente. Transcurrió casi una hora sin novedad.
-Finalmente el Juez le dijo al Comisario: no se puede hacer mucho…. El hombre es propietario de la bóveda, que es un inmueble. Al tener la titularidad de dominio, no podemos expulsarlo de su propiedad. La tasa municipal está paga y según me dicen desde la Municipalidad, no existe reglamentación que impida vivir ahí dentro..-
- En realidad no está prohibio, y al no estar prohibido….- agregó el abogado.
- Exacto, doctor. Al no estar prohibido está permitido…. Debería haberse incluido una cláusula que impidiera el usufructo de la bóveda como residencia familiar estable para personar vivas..-
- ¿A quien se le iba a ocurrir, doctor?- se defendió el abogado.
-El Juez señalo la bóveda y levantó levemente los hombros.
Finalmente, la policía desalojó la zona. Garcilazo no salió de su morada en todo el día. La custodia policial se aburrió de custodiar. El abogado volvió a escritorio para intentar resolver el entuerto. El juez volvió al juzgado esperando que se cometiera algún delito que le permitiera actuar. El intendente habló por radio. La situación se habló, analizó y debatió en las cocinas, comercios, talleres y esquinas de la pequeña ciudad.
- Es el mas chico de los Garcilazo… ¿No se acuerdan?… el Darío. Cuando murió la familia en el accidente, el vendió todo y se fue a la Capital, creo. Siempre se dijo que era un poco vago, que había reventado la herencia. Y eso que el viejo Garcilazo tenia mucha guita…- dijeron.
- Parece que ahora se quedó en Pampa y la vía y no tenia donde vivir. Y bue… Se le ocurrió vivir en el cementerio- agregaron.
- Pero, ¿A quién se le ocurre?- se preguntaron.
- Al Dario Garcilazo…,- se respondieron.
Llegó la noche. Los agentes policiales se instalaron en un patrullero, del lado de afuera del cementerio. La tenue luz de una vela, se adivinaba desde dentro de la bóveda de los Garcilazo. Nadie se quedó a ver si Garcilazo salía al exterior.
- ¿Están seguros que no se había muerto el Dario y resucitó?...- se siguieron preguntando los vecinos….-
- No digan pavadas.. Ese está mas vivo que todos nosotros… - acotaron.
- Y es mas vivo que todos nosotros. Vive gratis ahí.- señalaron.
- Gratis no. La bóveda la pagó.. No tiene ni luz, ni agua, ni baño. No es una mansión…- reflexionaron.
- Y duerme con los muertos- se asustaron.
- Bueno, al fin y al cabo, vive con la familia- rieron.
- Algún dia va a tener que salir, sino se va a morir de hambre- especularon.
- Bueno, si se muere, ya no hace falta ni el velorio ni el entierro- volvieron a reir.
Cuando la noticia cobró relevancia nacional y los medios de la Capital enviaron móviles a cubrir la singular noticia, el Intendente mandó a actuar. Cambió la táctica de apostar a que Garcilazo abandonara el cementerio porque ya no soportara vivir ahí.
El abogado sugirió cerrar la necrópolis y colocar un cartel con un horario de ingreso muy reducido. Cuando Garcilazo decidiera salir ya no podría volver a ingresar. “No le prohibimos usufructuar su bóveda, pero si viola el horario de ingreso a una propiedad municipal podemos aprehenderlo” razonó.
Pasó un dia. Una noche. Varios días y varias noches.
La bóveda no se abrió. Garcilazo no respondió a las preguntas de la policía, de los curiosos, ni de los periodistas. El Comisario propuso intentar derribar la puerta. El juez dijo que comtería el delito de violación a la propiedad privada. Y aclaró que no podía ordenar un allanamiento porque no se denunció delito alguno.
El comisario se rascó la barbilla. Dijo que se debía custodiar la puerta 24 hs hasta que Garcilazo saliera.
- Se nos debe escapar de noche para buscar lo que necesita…-- especuló.
- No creo. Nadie lo vio en el pueblo”, dijo un agente.
- O no nos dicen- , retrucó el Comisario.
- Nos está tomando el pelo…. Puede tener comida para rato.. pero tiene que salir para ir al baño, buscar agua,… Algo.. No se puede vivir en el cementerio, carajo!!!... Se quedan de consigna usted y Garrido hasta mañana. A las 7hs los relevan…- ordenó.
- ¿Acá , adentro del cementerio mi Comisario?...-
- Si…..Pérez, acá adentro. ¿No me diga que tiene miedo?.. Usted es policía, carajo!. Los muertos no hacen anda, hay que tenerle más miedo a los vivos…-
La guardia se prolongó esa noche, todo el día siguiente y otra noche mas.
Sólo silencio provenía de la bóveda de los Garcilazo. El mismo silencio que emana de todo el cementerio. “Sin novedad” se informaban los agentes al reportar por Handy a la comisaría.
Antes de que cayera la tercer noche de guardia , apareció el Comsario con cara de pocos amigos. No dijo nada. Se detuvo frente de la bóveda analizando el lugar, rascándose la barbilla. Avanzó a paso firme hacia la puerta de hierro donde descansaban generaciones de la familia Garcilazo.
“Abran cancha!!” gritó. Los agentes abrieron paso.
El comisario le propinó tremendo patadón a la puerta desvencijada. La puerta se abrió.
Linterna en mano, desenfundó la pistola reglamentaria. El Comisario entró.
El Monito Vega, era el boxeador del pueblo. Sin querer queriendo se había hecho camino en el deporte de los puños. Quizás, porque de chiquito anduvo a las piñas con la vida. Tanto agarrarse a trompadas por cualquier cosa y con cualquiera, terminó haciendo algo producivo de ese habilidad para las riñas.
Por casualidad también, llegó al gimnasio de Wilfredo Meneses. Una ex leyenda del pugilato venido a menos, que engañaba al destino apostando a descubrir un campeón del mundo en esa barriada de mala muerte.
Cuando El Monito y Wilfredo se conocieron, fue como si se juntaran el hambre y las ganas de comer. Algunos golpes de suerte y las piñas del peleador callejero, le fueron construyendo un récord al pibe Vega.
El Monito se fue haciendo un nombre entre los livianos y empezó a cobrar algunos pesos, aunque en el boxeo del interior nadie hace fortunas. El gimnasio de Wilfredo se seguía lloviendo, el agua caliente era un lujo inalcanzable y se entrenaba de noche cuando la luz no estaba cortada por cuestiones de morosidad .
El Monito viajaba a las peleas a dedo. Wilfredo, hacía rato que no salía por su frágil salud y sobre todo por la vigilancia de “la patrona” que patrullaba sus movimientos para alejarlo sobre todo del rincón del mostrador antes que del ring.
Dicen que el tren pasa una sola vez en la vida. El Monito siempre estuvo en pampa en la vía. Si pasaba el tren, no iba a dudar en tirarse de cabeza.
Falló un rival de hoy para ayer y llamaron a Wilfredo. Debía ser el último orejón del tarro para el promotor, pero el tren estaba pasando. Había una pelea en el Luna Park para el Monito. Iba por tele y frente al campeón argentino. La oportunidad era el sábado, y ese jueves por la tarde Wilfredo discutía la bolsa con un teléfono prestado.
El Monito y Wilfredo se subieron al tren antes que se vaya. En realidad, el entrenador se quedó abajo porque la doña no lo dejó viajar. El Monito se subió al camión de El Gitano para llegar a la Capital. Era la única manera de llegar gratis a Buenos Aires. La distancia y el poco confort del carromato, hizo que la travesía se pareciera a una etapa del Dakar.
Incómodo y con los oídos aturdidos por el batifondo del viejo camión, el Monito no pudo pegar un ojo. Mate y más mate sólo le ofreció a su estómago. Mientras, respiraba la humareda inmunda de los armados que fumaba el Gitano a cada rato.
Pararon al mediodía en una parrilla con dudoso control bromatológico. El Gitano tenía apetito de hoy y el Monito hambre atrasada. El boxeador miró la pizarra y se fue a la columna de la derecha. Eligió el plato con un valor igual o menor al arqueo de caja de su delgada billetera.
- ¿El qué?... ¿Sopa vas a comer?- se río el Gitano.
- Si.. me tengo que cuidar para la pelea de esta noche…. Por el peso…..- dijo el Monito con vergüenza.
El Gitano se clavó una parrillada completa y la regó con abundante vino tinto. Monito se tomó la sopa que no le hizo ni base en el estómago vacío.
Llegaron a la Capital a la tarde. En bondi un tramo, y caminando el resto, Monito llegó al Luna Park justo a tiempo. Preguntó por el promotor, lo ayudaron a prepararse. Obviamente no tuvo problemas de peso y lo vendaron a las apuradas. Casi sin darse cuenta, pasó el pueblo a pisar el ring del mítico Luna Park.
El público apoyaba a su rival. Los oídos le zumbaban por el ruido insoportable del viaje en camión. Subió al ring casi en automático. Le costó ubicar su rincón. Allí, un viejo con cara de malo y expresión gruñona lo miraba con compasión. Las luces lo encandilaron cuando levantó los brazos para saludar. El rival le pareció grande y peligroso. Como todos los que se suben a pelear para reventarte la cara a trompadas.
Todo el pueblo estaba frente al televisor a cientos de kilómetros de distancia. “Olè, Olè, olé, oleeee.. Monoooo, Monoooo…..” cantaban en el Club Juventud Unida. El Monito nunca había tenido tanta hinchada. Mejor dicho, nunca había tenido hinchada. Pero, esa noche los amigos del “campeón” lo coreaban con entusiasmo. Era el hecho de más trascendente del pueblo en los últimos años.
Trascendencia, justamente, no tuvieron los primeros rounds. El Monito hizo gala de su apodo y comenzó a saltar y moverse, estudiando el panorama. Intentó con algunos golpes, pero sin demasiado éxito. El campeón lo fue estudiando, y derrochando su experiencia, tiró menos y conectó más. Sabía, que manteniéndose así, retendría el cinturón sin correr riesgos.
Después de la mitad de la pelea, Monito se movió menos y recibió mayor castigo. El viaje en camión y la falta de un menú sólido le comenzaron a jugar una mala pasada. Ya había gastado su modesto repertorio de golpes y no había podido hacer diferencia. “No le entra una!!, ni se mosquea”, pensaba mientras se iba quedando sin nafta. Le costaba mantener la guardia, los guantes le pesaban toneladas y las piernas, adormecidas, se movían con torpeza. Su boca entre abierta buscaba oxígeno con desesperación.
Un par de piñas en el oído lo aturdieron aún más del ruido del camión que todavía resonaba en su cabeza. La vista se le comenzaba a nublársele por la sangre de un corte cerca del ojo izquierdo.
El campeón supo que el cinturón no se iría de su lado. Monito, salió al round final poniéndole el pecho al último sufrimiento de la noche. Sonó la campana. Agachó la cabeza, se encorvó todo lo que pudo y cerró los guantes junto a sus sienes para aguantar la lluvia de piñas. A esa altura, nada le dolía. Un silbido de ahogo le salía de los pulmones, se tambaleaba sin rumbo, pero seguía yendo para adelante empujando con la frente más que con los puños. Sus escuálidos 57 kilos parecían una bolsa de entrenamiento para el campeón argentino que seguía pegando como una ametralladora.
Había que aguantar unos segundos más. Luego, a cobrar la bolsa flaca, y a volver al pueblo sin gloria, pero sin demasiada pena tampoco.
Fue casi un acto reflejo. Parecía que el Monito se caería como un castillo de naipes, pero revoleó una mano con recorrido abierto, desprolijo. Era un típico un peleador callejero que tira piñas abofeteando el aire y si tiene suerte, una nariz se cruza en el camino. Por esas cosas del destino, una derecha voleada con rumbo de nada, impactó contra la mandíbula del campeón argentino. Quijada de cristal para quien se sentía ganador cómodo. El favorito parecía ahora un muñeco de trapo a punto de derrumbarse
En el Luna Park reinaba en silencio sepulcral.
Un grito de guerra brotó en el Club Juventud Unida del pueblo.
Era ahora o nunca.
El Monito lo sabía.
Tomó el aire que pudo y preparó la zurda. Su mejor golpe. La cargó con todo lo que pudo: su infancia pobre, su vida de abandonos, el hambre, la miseria, la injusticia, la bronca. Toda la bronca y las cicatrices de su alma empujaron ese puño hacia el mentón del campeón argentino que tambaleaba….
La mano fue débil. Blanda. Flácida. No hizo daño. El campeón la aguantó. Lo abrazó.
Hizo correr el reloj y sonó la campana.
Tal vez, si en el tanque de combustible de El Monito hubiera habido algo más que una sopa y tantos ayunos largos….
- Algunos nacen para estrella, y otros nacemos estrellados…”- se lamentó Wilfredo, acodado en el mostrador y se pidió otra.
-“Ese Monito es un desastre”-.- “Es muy vago, no entrena bien”-.- “Así nunca vamos a tener un campeón!!”-, se fueron maldiciendo los parroquianos del club.
Todo el pueblo se fue a dormir decepcionado. Pero con la panza llena….
Las mesas del Club Social son el escenario ideal para los charlatanes. No hay mejor escenario que la ronda de bar para dar rienda suelta a la imaginación popular. Don Zito era el show central. Parroquianos parados y jóvenes curiosos, cabeceaban a su alrededor para escucharlo. Comenzaba siempre igual:
“Esto es verídico”, decía Don Zito girando la copa entre sus manos rugosas.
-“Yo tenía un reloj de bolsillo, era de mi padre, creo que era suizo. De Suiza, eh!” -arriesgó en el comienzo de aquel relato vespertino. “Un día, andaba por el campo recorriendo y se ve que se me cayó del bolsillo.. Lo busqué por todos lados hasta que se hizo de noche.. Y nada!!!!!..... “ siguió contando.
Se avecinaba el clímax de la historia: “unos meses después, andaba por el mismo potrero y lo vi . Por el reflejo del sol lo encontré…. Me bajé para agarrarlo…. Y… ¿A que no saben?”, preguntó al interesado auditorio….
-“El reloj estaba andando…. ¡Estaba en hora, como un relojito!!!!.. “- dijo juntando los labios y moviendo la cabeza para reafirmar la expresión de sorpresa.
Tomó otro sorbo con lentitud. Maestro del suspenso puso una pausa cautivamente…. Nadie se animaba a preguntar más… La pausa duró lo justo y necesario. Don Zito apoyó la copa y lanzó el inesperado final:
-“No me van a creer.. Pero el reloj cayó justo en un caminito de hormigas… Las hormiguitas pasaban y le iban dando cuerda…. “.-